Desde los adoquines sube un viejo tango
como vaga serpiente melodiosa
que va borrando de los ojos mucha bruma
acumulada en tantos lunes sin sonrisa.
Es el gemido del viento, del pasado,
la voz con que la infancia nos habla al corazón,
o la imagen furtiva de algún circo
en una tarde con lluvia y sin dinero.
Es la nostalgia.
El musgo negro de la noche se abre paso
entre los edificios.
Los faroles, muy pronto, pondrán un toque más triste
a la ciudad, a nuestra alma.
Pero del fondo de un bolsillo saco un vaso de vino,
un mapa escrito en sueco,
y un pedazo de tul cortado del vestido
de la muñeca más rubia y más pequeña
del antiguo negocio.
Hermanos : ahora me zambullo
en el breve mar rojo que quema la tristeza.
Y no hay más lluvia, ni circos trashumantes,
ni melancólicas flores
colgadas de los muros del olvido.
En mi mano derecha tengo a Brujas La Muerta,
y en la izquierda, cerca del corazón,
a Fragante París,
con un enorme y alegre cartel nocturno.
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jueves, 18 de junio de 2009
sábado, 5 de abril de 2008
Cosas que puedo ver en una pared
Hay una pared a cincuenta centímetros de mi nariz. Caminando bajo los añosos plátanos, rumbo al mercado de la calle Ministro Brin, en una mano la bolsita, en la otra el dinero. En la pared no hay dibujos, no hay cuadros, no hay manchas. ¿Quién es el que camina? Ese lugar no existe, es sólo un sueño. Pero estoy ahí, camino y miro los adoquines, los viejos portones, repito de memoria la lista de la compra. El griterío de los gorriones me sorprende, al entrar en la calle Olavarría : un corredor fresco en la tarde agobiante.
martes, 25 de marzo de 2008
Indios
El tropel de soldados bajaba al galope por la calle Hernandarias. Perseguían a un grupo de indios, que iba más adelante, como a media cuadra, en medio de una nube de polvo. Nosotros corríamos con ellos, a lo largo de la calle desierta, oyendo los gritos, el sonido metálico de las trompetas, el retumbar sordo y polvoriento de los cascos de los caballos. Todos habíamos bajado de la pantalla del cine, nos habíamos derramado como un río de sueños turbulentos por la calle Azara, después Olavarría, cruzando Patricios. Volvíamos a casa con ellos, galopando, oyendo el ruido seco de las carabinas, el corazón lleno de temblor, de miedo y de coraje.
Cuando llegábamos a la calle Brown el sueño se había disipado. Ni indios ni cow-boys, éramos otra vez nosotros : el Alfredito, el Pancho, el Negro, el Cacho, el Tomasito. Había mucho sol, todavía. Desde nuestra vereda, a la sombra de los grandes plátanos, mirábamos los negocios de enfrente : la farmacia Mastronardi, la lechería La Martona, la panadería El Nuevo Cañón. Buscábamos las bolitas, o las figuritas, una rara pelota de goma. Desde lo alto de una balcón, una mujer asomada, con las manos en la baranda nos llamaba : ¡Chicos! ¡A tomar la leche!
Cuando llegábamos a la calle Brown el sueño se había disipado. Ni indios ni cow-boys, éramos otra vez nosotros : el Alfredito, el Pancho, el Negro, el Cacho, el Tomasito. Había mucho sol, todavía. Desde nuestra vereda, a la sombra de los grandes plátanos, mirábamos los negocios de enfrente : la farmacia Mastronardi, la lechería La Martona, la panadería El Nuevo Cañón. Buscábamos las bolitas, o las figuritas, una rara pelota de goma. Desde lo alto de una balcón, una mujer asomada, con las manos en la baranda nos llamaba : ¡Chicos! ¡A tomar la leche!
viernes, 8 de febrero de 2008
Incendio
Un solo rostro hecho de mil rostros
contempla el incendio.
Como un San Juan fuera de fecha
arde la casa popular.
La noche se ha poblado
de desesperación y cosas rotas.
Alguien llora.
Alguien putea simplemente.
El agua de los bomberos
rueda sobre los adoquines.
Se chapotea en la desgracia.
Un solo rostro hecho de mil rostros
mira, mudo,
rojizo por la luz de una fogata inesperada.
contempla el incendio.
Como un San Juan fuera de fecha
arde la casa popular.
La noche se ha poblado
de desesperación y cosas rotas.
Alguien llora.
Alguien putea simplemente.
El agua de los bomberos
rueda sobre los adoquines.
Se chapotea en la desgracia.
Un solo rostro hecho de mil rostros
mira, mudo,
rojizo por la luz de una fogata inesperada.
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