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lunes, 6 de abril de 2009

Instrucciones para no morir de melancolía en una tarde de Domingo

Lo primero es no escuchar tangos. O por lo menos que no sean tangos de la década del 40. Nada hay más melancólico que oir esas viejas versiones y de repente acordarse de la vieja de uno, que los escuchaba en la radio, mientras cocinaba, en el pequeño cuchitril del convento. Uno era chico y no entendía nada. Simplemente estaba ahí, sentado, tomando la leche y escuchando. Y viendo como la vieja cortaba la polenta fría que había quedado del mediodía. Hacía una especie de pancitos, les ponía encima un poco de queso y después, a la noche, los metía en el horno. Entre tango y tango, el locutor anunciaba : "No diga hola, diga Olavina"...

Lo segundo es no leer los diarios. Las noticias y los comentarios le dan a uno la idea de que ahí afuera hay un mundo estructurado, organizado, donde todo pasa por alguna razón. Hasta las guerras, los asesinatos, los robos. Todo está previsto o es previsible. Y si no estuvo previsto, luego alguien le encontrará un buen motivo para que haya ocurrido. Pero después de leer uno se asoma a la ventana y ve cómo su propio mundo se está descascarando, se está viniendo abajo. Lo siente como una especie de flan o de gelatina, sin formas ni límites.

Lo tercero es no ponerse a esperar que suene el teléfono. Puede ser que ella llame esta tarde. Puede ser que se acuerde de lo que hablamos durante la semana, de su promesa, y llame. Y que tal como te va, que te parece si salimos y qué lindo es pasear y charlar o tomar un café debajo de un jacarandá florecido. Puede ser. Pero no hay que esperar. Es preferible mirar una película en la tele y de pronto darse cuenta de que ya se hizo de noche y que uno se tiene que ir a dormir. No, no hay que esperar el llamado. Y mucho menos llamar uno. Porque si es uno el que llama, corre el riesgo de que nadie atienda. O de que atienda una voz desconocida y le diga a uno que ella no está, que salió y que no va a volver hasta muy tarde. Entonces la melancolía va a ir tomando un color violeta, cada vez más oscuro. Y uno va a sentir que está ahí, clavado a la silla, sin poder moverse.

Y por último lo que no hay que hacer, nunca jamás, es mirar el resumen de los partidos. Porque uno estará viendo algo que ya sabe cómo fué y cómo terminó. Durante toda la tarde, la radio del vecino y los gritos y petardos en la calle le fueron informando a uno lo que estaba pasando. Y además está la música de Vangelis. Esa que sacaron de la película Blade Runner y la pusieron como cortina del programa. Es como algo finito, persistente, que se le va metiendo a uno en el alma como una aguja de hielo, en medio de la lluvia y de la noche. Entonces la melancolía ya no será melancolía. Será simplemente angustia. Un agujero negro que poco a poco va a ir devorando todo.


Ejercicio compuesto para el Taller de Literatura Resacada, que coordina Rosana Gutierrez.
La consigna fué hacer un texto similar a los de Cortázar, en Historia de Cronopios y Famas, que comienzan con "Instrucciones para..."

jueves, 15 de enero de 2009

Los amigos de Ernesto

Ya le dije al Turco que tiene que poner un bidet. Es tan incómodo tener que agacharse sobre la palangana, para lavarse, cada vez que se va un cliente. Entre el lavatorio y el inodoro, debajo de la ventana, queda el espacio justo. El Turco me dice que sí, que lo va a hacer, que ya habló con el plomero del pueblo. Pero el tiempo pasa y todavía estoy en veremos. El Turco es así, nunca dice que no a nada. Pero después va y hace lo que quiere.

Desde la ventana del baño puedo ver la ruta. Cruzando la ruta hay un alambrado y más allá un árbol grande. En el árbol vive un zorzal colorado. Lo reconozco por el canto. Todos los días, muy temprano, antes de que salga el sol, el zorzal se pone a silbar. Silba como un ser humano. Mejor, diría yo.

Son tranquilos los días acá, en lo del Turco. Generalmente por esta ruta pasan camiones y unos pocos autos. Paran en la estación de servicio y mientras les cargan la nafta o el gasoil, los tipos se bajan y entran en el boliche a tomar algo. Algunos, los que están enterados, suben a visitarme.

Cuando el Turco me dijo que también querían venir los amigos de Ernesto yo le dije que no, que eso no.
- ¿Y qué tiene, Negra? - dijo él -. ¿No vinieron ya otros tipos del pueblo? Todos saben que estás aquí.
- Pero esto es distinto, Turco. Es como si fueran mis hijos. ¿No te das cuenta? Hay cosas que no se pueden hacer en esta vida.
Entonces él dice que sí, que está bien, que les va a hablar para que no vengan.

Van para cuatro años que hago esto. El oficio más antiguo del mundo, dice el Turco, y se ríe. Al principio me costaba, pero Adriana me explicó cómo había que hacer. Vos te ponés lo más tranquila, decía. Y mientras el tipo hace lo suyo, ahí abajo, vos pensá en otra cosa. En cualquier cosa. Y tratá de no mirarlo, al tipo, decía, porque te va a dar un poco de asco. Conocí a Adriana en un suburbio de Rosario. Yo había llegado hasta allí con aquel grupo de actores que vinieron al pueblo desde la Capital, hace tiempo.

Siempre me sentí ahogada en ese pueblo. Y nunca me llevé bien con el padre de Ernesto. Además, estuvo la cuestión del accidente. Tal vez fué eso lo que marcó el destino, lo que nos marcó a todos. Ernesto había ido hasta la ruta, en bicicleta. De repente pasó un auto y lo atropelló. Estuvo una semana inconciente, en el Hospital. Me volví loca. Me salieron las primeras canas y se me cayó el pelo. Todos me echaba la culpa, por descuidada. Fue muy triste.

Yo era buena para el teatro. Cuando los actores se fueron del pueblo, me fuí con ellos, también, una noche, cuando todos estaban durmiendo. Después de un tiempo de rodar por pueblos y ciudades, las cosas empezaron a ir mal, muy mal. Entonces me abandonaron, ahí, en el suburbio de Rosario donde conocí a Adriana.

Un día, no sé cómo, apareció el Turco, diciendo que me venía a buscar. Un buen tipo, el Turco. Me acuerdo, cuando yo andaba tan mal, él, que todavía vivía en el pueblo, se me acercaba a hablar. Pasábamos un tiempo conversando. De todo un poco. No sé si él quería otra cosa, pero a mí me parecía que no, que ya estaba un poco viejo para eso. Apareció y me dijo :
- Negra - me dijo -, venite a vivir conmigo. Arriba del boliche hay un par de piezas vacías. Las limpiamos, las acomodamos y podés trabajar ahí.
Y yo acepté.

Otra vez viene el Turco a decirme que abajo están los amigos de Ernesto, y que quieren subir. Y otra vez yo le digo que no, que no puede ser.
- Ya les avisé a los pibes - dice -. Le expliqué a Julio que la situación es muy rara, que puede pasar algo feo. Pero ellos insisten. Dicen que tienen derecho, igual que todos. Dale, Negra, ¿qué te cuesta?
- Pero Turco - le digo -. ¿No te das cuenta? Yo los conozco desde chiquitos. Ellos venían a casa, después de la escuela, y se ponían a jugar con Ernesto. Al rato yo los llamaba para que entraran a tomar la leche. Me acuerdo, a Aníbal le gustaba mucho la leche con chocolate y vainillas. Era un poco gordito. Julio, en cambio, era flaco y alto, parecía mayor. Del otro no me acuerdo el nombre, pero se veía que era un buen chico, muy inteligente.

El Turco me escucha y me mira, y mientras baja por la escalera me dice que si, que está bien, que les va a volver a explicar hasta convencerlos. Pero yo no le tengo confianza. Él siempre dice que sí y después hace otra cosa. Miro por la ventana del baño, veo el árbol del otro lado de la ruta y escucho al zorzal colorado. Desde otro lugar, que no alcanzo a ver, le contesta otro zorzal. Un rato largo se la pasan cantando, dialogando, en el silencio de la tarde.

Oigo pasos en la salita de espera y me doy cuenta de que ellos están ahí. Los tres. Julio, Aníbal y el otro. Entonces se me ocurre una idea, yo siempre fuí buena para el teatro. Espero un poco. Los oigo hablar en voz baja, reírse. Cierro la canilla del lavatorio, abro despacio la puerta y los miro. Están los tres parados, ahora, compungidos, serios, callados.

Los miro fijo, como aquella tarde, como aquella maldita tarde. Uno por uno los miro. Pongo cara seria, muy seria, y les digo, con la voz más oscura que puedo :

- ¿Qué hacen acá, chicos? ¿Le pasó algo al Ernesto?

Ellos se quedan inmóviles, clavados en el piso, pálidos, muy asustados. De repente se dan vuelta, empiezan a bajar por la escalera, corriendo, uno detrás de otro.

Entro y voy a la ventana. Miro el árbol de enfrente. Escucho el ruido del escape del auto que se va, lejos, por la ruta. Cuando vuelve el silencio, oigo otra vez al zorzal colorado. Pienso : ahora está todo bien.


Ejercicio compuesto para el Taller de Literatura Resacada, que coordina Rosana Gutierrez.
La consigna fué hacer una variación del cuento "La madre de Ernesto", de Abelardo Castillo
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viernes, 5 de diciembre de 2008

La construcción

Poco a poco, el edificio había ido creciendo hasta transformarse en una alta torre, gris y solitaria. Dos grandes grúas, como pájaros a punto de picotear una semilla en el asfalto, subían los materiales. Pesados paneles premoldeados, que sin embargo pendulaban en el viento como hamacas, eran izados hasta el techo. Un grupo de obreros los agarraban, para encastrarlos después en alguna parte de la estructura siempre creciente.

Antonio había firmado un boleto de compra-venta. Todos los días, al pasar por la avenida, miraba la torre y buscaba el piso diecisiete. Allí estoy yo, decía.
Luisa también contribuía, con su propio dinero, para pagar las cuotas de eso que, con el tiempo, sería su hogar. El de los dos.

- Nuestro balconcito da hacia el Norte - decía Antonio.
- Si - decía Luisa -. Lo voy a llenar de macetas con plantas y flores.

Pasó el tiempo. Desde el colectivo, rumbo a su trabajo, Antonio ya no hacía a tiempo para contar los pisos del edificio. Pero no le daba importancia.

Un día los citaron de la inmobiliaria.
- Los felicito - dijo el empleado -. El edificio todavía no está terminado, pero ustedes ya pueden ocupar el departamento. Sonreía. Ellos también sonreían y se tomaban las manos.

Mientras firmaban los papeles, a Antonio le pareció ver que decía piso ciento diecisiete. Pero estaba tan feliz que no le dió importancia.

Un poco antes de la mudanza fueron a visitar el lugar. En la enorme recepción de la planta baja no había nadie. Pero ellos ya lo sabían, como sabían que para abrir todas las puertas sólo tenían que apoyar las yemas de los dedos en el dispositivo lector. Arriba de los ascensores, sobre la pared, había una inscripción : "Esta vez sí lo vamos a lograr".

El ascensor tardó quince minutos en llegar al piso. Una vez arriba, entraron lentamente en el departamento vacío. Luisa se asomó. Abajo, la ciudad se veía como esos mapas que salen en las computadoras, fotografiados desde un satélite.
- Qué alto - dijo.
Había un gran silencio, apenas interrumpìdo por el rumor de las grúas, más arriba.
- Antonio, estamos solos - dijo Luisa.
- Sí - dijo él -. Es porque somos los primeros. No te preocupes. Pronto van a venir los otros.
- Tengo frío - dijo ella.
Él la abrazó. Miraron hacia el Oeste. Una capa de gasa rojiza caía sobre el horizonte.

Sonó el timbre. Cuando abrió la puerta, Antonio vió a un hombre bajo y regordete, con un casco amarillo en la cabeza.
- Bienvenidos - dijo el hombre -. No hace falta que traigan nada, ni muebles ni ropa. Nosotros les proveeremos de todo. También les traeremos comida. Ah, la calefacción ya funciona.
- Oiga - dijo Antonio -. ¿Qué quiere decir? ¿Que nos vamos a quedar aquí? No pueden hacer eso. Los va a perseguir la Policía y la Justicia.
- No hay problema - dijo el hombrecito -. Ya está todo arreglado con el Gobierno. Ustedes fueron seleccionados para el experimento. Después de la última crisis, cuando se vió con claridad que ya no había en qué invertir el dinero, los Gobiernos más poderosos del mundo se pusieron de acuerdo para financiar este proyecto.

Antonio escuchaba, y le pareció que el hombrecito le estaba hablando en un idioma desconocido para él. Sin embargo, le entendía todo.
- ¿Y los otros? - dijo -. ¿Cuándo van a venir los otros?
- Los otros vendrán después - dijo el hombrecito -. Una vez que se alcance el objetivo del proyecto.
- ¿En qué idioma me está hablando? - dijo Antonio.
El hombrecito lo miró. Levantó por un momento el casco amarillo y se lo volvió a calzar en la cabeza. Suspiró.
- En arameo - dijo -. Esa era la otra condición necesaria para el experimento. Usted puede hablar en el idioma que quiera, que los demás lo van a entender.
- ¿Y qué se supone que tenemos que hacer nosotros? - dijo Antonio.
En castellano, pensó, aunque no estaba muy seguro.
- No tienen que hacer nada - dijo el hombrecito -. A medida que avance la construcción, ustedes se van a ir mudando al departamento más alto. Un día, Alguien se va a presentar y les va a hablar. Ése, será el momento final del experimento.

Antonio se quedó pensativo. Luisa, que escuchaba detrás de él, se apoyó en su espalda, dándole calor.
- Yo creo que Nadie se va a presentar - dijo él con voz firme -. Usted sabe muy bien que ahí afuera no hay nadie.
- Puede que sí o puede que no - dijo el hombrecito -. Pero, ¿sabe qué? Mientras lo averiguamos lo único que podemos hacer es seguir construyendo.

El hombrecito se fué. Antonio cerró la puerta, se volvió y abrazó otra vez a Luisa. Miraron juntos hacia la ventana. En el horizonte, un delgado hilo rojo dibujaba el fin de la tarde.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un cuento de Chejov

"Un hombre va al casino, gana un millón,
vuelve a casa, se suicida".

Ahora estoy en mi casa, un piso con vista al río. Estoy solo, como siempre. Me sirvo un whisky y me siento frente a la gran ventana. La línea del horizonte se va desdibujando en la noche.

Los hombres gritan, en el recinto, tratando de comprar o vender. Es igual que en otras partes del mundo, tal como lo muestran en las noticias. A primera vista parece un gran desorden. Todos gritan y se hablan, al mismo tiempo, o hablan por teléfono, mirando hacia las grandes pizarras electrónicas. Pero en realidad todo tiene un orden muy preciso, dentro del cual hay que saber moverse con astucia.

Me sirvo otro whisky y me vuelvo a sentar. Miro a través de la ventana. Muchas veces pensé : este río es nuestro y nosotros somos de él. Este río lento, oscuro, aparentemente inmóvil. Él nos lleva, nos arrastra, con una fuerza suave, persistente. Todo lo que hacemos o soñamos está sostenido por su ancha mano. Somos de él.

Yo siempre fuí y sigo siendo un tipo astuto. Siempre supe qué había que comprar y cuándo. Y qué había que vender y cuándo. Siempre supe que esto es un juego, un gran juego. Y que lo importante no es ganar, como creen muchos. Lo importante es ese sentimiento de angustia, de terror, que te pone pálido y te hace transpirar, ante la posibilidad de perderlo todo. Es como estar al borde de un precipicio. Un paso en falso y te traga el vacío. Pero si uno es astuto y sabe cuándo hay que dar el paso hacia atrás, después viene un gran alivio, un sentimiento de ser y de poder que no se compara con nada.

Mi abuelo decía que lo que había que hacer era juntar el primer millón. Y que después el resto del dinero viene solo. Pero estaba equivocado. Él era un inmigrante pobre, que lo único que sabía hacer era trabajar y ahorrar. Eso puede estar bien para tener una vida tranquila y mediocre, como tuvo él. Pero yo sé que el dinero grande, el verdadero dinero no se hace así.

Hace unos días, una vez más, gané mucho dinero. Había rostros desolados alrrededor mío. Hombres que se derrumbaban y se tomaban la cabeza con las manos. Yo no. Yo, como otras veces, supe dar el paso atrás a tiempo. Sin embargo, me ocurrió algo extraño. Por primera vez, en muchos años, no sentí aquel alivio. El vacío y la angustia permanecieron en mi mente, hasta el día de hoy.

Me acuerdo cuando Sonia pasaba caminando, por la vereda de enfrente, y yo la miraba desde el balcón. Sonia es un nombre de origen ruso y ella tenía el aspecto de una joven rusa, aunque yo entonces no lo sabía. Lo único que sabía era que estaba enamorado de esa muchacha rubia, de piel blanquísima y ojos azules. Todos los días ella pasaba delante de mi casa, rumbo a la escuela, con su delantal blanco y su cartera de cuero. ¿Por qué nunca le hablé? ¿Por qué me resultaba tan difícil?

Ahora vuelvo a mirar hacia el río. Él también es un vacío, ahora, oscuro y silencioso. El vacío de donde surgen todas las cosas y adonde todas van a parar. Me sirvo otro whisky. Siento que ya no tengo ganas de jugar. Que quiero irme a mi casa, como cuando era chico. Me siento viejo, muy viejo.

sábado, 19 de abril de 2008

El breve galope de la ira

Sonó el portero eléctrico. Atendí.
- Si... ¿quién es?
- ¿El señor Murature?
- Morituri - corregí.
- ¿Usted es el padre de Marcelo Mori...
- Si - dije - ¿qué pasa?
- ¿Podría bajar un momento, por favor? Estamos haciendo un estudio ambiental.

Cuando abrí la puerta de calle, ví el patrullero estacionado. Ya era de noche. La luz azul en el techo del auto daba vueltas y rebotaba en los vidrios de las puertas y de las ventanas. Un hombre de uniforme y gorra me estaba esperando, con unos papeles en la mano. Me explicó lo que había pasado y me empezó a hacer preguntas.
- ¿Y Marcelo? - dije yo -. ¿Dónde está?
- En la comisaría.
- ¿Lo van a tener mucho tiempo?
- Un par de horas más, calculo, le dimos parte al juez y nos pidió hacer el estudio ambiental.
Siguió con las preguntas. Cuánto tiempo hacía que vivíamos allí, cuántos éramos, los estudios, etc.
-¿Usted a qué se dedica? - dijo.
- A nada, hace seis meses que me despidieron del trabajo.
Hizo una mueca y volvió a mirar los papeles.
- Escuchemé - dijo -. ¿No tiene dos vecinos que lo conozcan y puedan dar referencias? Puede ser cualquiera, el diarero, el panadero...
- No creo. Como le dije antes, hace poco que vivimos aquí.
En ese momento apareció la portera. Miró la escena y se quedó como paralizada.
- A ver usted, señora - dijo el hombre -. ¿Lo conoce a este señor? ¿Es una buena persona?
La portera empezó a tartamudear.
- Si... no... lo conozco de hace poquito... ¿buena persona?...
Mientras hablaba, el hombre anotaba algo en los papeles.
- Está bien señora - dijo -. Por favor firme acá.
Ella firmó y después se volvió a meter por el pasillo, casi corriendo. Viniendo desde la calle, apareció el gordo de la planta baja, al fondo. El policía lo encaró.
- ¿Lo conoce a este señor?
Se repitió la misma escena que con la portera. Cuando el vecino se fué, el policía me dijo :
- ¿Podemos subir a ver el departamento?
- Si - dije, y lo hice pasar.

En el ascensor, en silencio, me puse a pensar. ¿Qué está pasando? ¿Por qué ahora las cosas son así? Yo había trabajado toda la vida como un burro, hasta que me despidieron. El Chiqui no. El Chiqui recién ahora tenía un trabajo. Me acuerdo cuando me separé, él me dijo "viejo, yo me voy a vivir con vos". Y eso que era el menor de todos. Y yo acepté, para no estar tan solo. En el último tiempo, yo había sufrido mucho. Después, poco a poco, me fui olvidando de todo. Era como si de tanto pensar se me hubiera hecho un agujero en la memoria. Como esos que se hacen en una tela muy gastada, en el medio, y se van deshilachando cada vez más. Los días transcurrían en blanco, desde las mañanas nubladas. Me quedaba mirando fijamente el paso del tiempo, a través de la ventana abierta. De pronto, otra vez era de noche. Encendía las luces y me ponía a preparar la cena. Pronto llegaría el Chiqui de su trabajo. El Chiqui siempre llegaba con hambre. "La comida es importante para mí", decía. "Es mejor cuando hay mucha comida". Ahora que tenía un trabajo, al menos las cosas iban tomando un cierto orden. No como antes, cuando se quedaba en la cama hasta las tres de la tarde y al abrir la puerta de su pieza, para despertarlo, el olor a marihuana me daba en la cara como un cachetazo. Menos mal que la madre no está viendo esto, pensaba yo. Se hubiera vuelto loca. Tampoco se tiene que enterar ahora que lo detuvieron por llevar un porrito en el bolsillo.

Cuando entramos al departamento, el tipo se puso a mirar las paredes descascaradas, el techo sucio. Se asomó al balcón.
- Hace poco que estamos aquí - dije -. Compré este departamento porque era el más barato, "para refaccionar". Lo estoy pintando... Y le señalé un rincón donde estaban los tachos, los pinceles, el papel de lija.
- Mire don - dijo el tipo -. Si le pasamos al señor juez estos papeles así como están, su hijo va a tener problemas...
Entendí. Busqué en la cartera unos billetes.
- Tome - dije -. Es todo lo que tengo...
El tipo sonrió y agarró los billetes. Despues bajamos otra vez por el ascensor. Ya en la puerta, me dió la mano.
- No se preocupe, don - dijo -. Va a estar todo bien.

Y se fueron. La calle quedó en silencio y casi a oscuras. Los grandes árboles, densos de hojas por el verano, tapaban la luz de los dos faroles de la cuadra.
Qué cosa, pensé. Meten preso a un muchacho y los grandes traficantes viven lo más tranquilos en sus grandes mansiones. Qué cosa...

sábado, 12 de abril de 2008

La lectura

Empecé a leer un libro. Es una novela larga, compleja, con muchos personajes. Yo no sé si es porque leo con lentitud, unas 10 o 20 páginas por día. O porque muchas veces me quedo dormido. O porque, debido a la edad, estoy perdiendo, como se dice, la memoria de corto plazo. La cosa es que, habiendo llegado hasta un poco más de la mitad del libro, me olvidé de cuál era el hilo de la historia, los vínculos de parentesco entre los personajes, y otros detalles.
Para subsanarlo, se me ocurrió hacer una segunda lectura, desde el principio, sin abandonar la primera. Me fué bien. Lo que iba leyendo en la primera lectura se me hacía comprensible gracias a los detalles captados en la segunda. Al mismo tiempo, entendía mejor lo que leía en la segunda, sabiendo de antemano muchas cosas provenientes de la primera.
Sin embargo, después de un cierto tiempo me dí cuenta de que, en la segunda lectura, ya bastante avanzada, me estaba pasando lo mismo que en la primera. Sobre todo no podía entender por qué el narrador, reciente inquilino de una mansión, insistía en visitar al dueño, que vivía en otra mansión más o menos alejada, a pesar del mal tiempo, nieve y frío, que asolaba la región. Tampoco entendía cómo, en un momento dado, el inquilino dejaba de ser el narrador y una vieja sirvienta tomaba su lugar.
Resolví entonces iniciar una tercera lectura, sin abandonar las otras dos. Entonces todo se me hizo mucho más claro. Lo que iba captando en cada lectura se me iluminaba con los detalles aportados por las otras. Estaba leyendo tres veces, en forma simultánea, el mismo libro. Aunque, pensé, como lo que leía cada vez era un poco diferente, en realidad estaba leyendo tres libros distintos al mismo tiempo.
Hasta me inventé una comparación : La primera lectura es como soñar. La segunda es como tratar de recordar el sueño, sentado en el borde de la cama. La tercera es como contarle el sueño a otro. Es siempre lo mismo, pero cada vez diferente.

Estuve un tiempo muy contento con todo esto, sobre todo con la comparación. Hasta que hice una comprobación alarmante : me estaba pasando en la tercera lectura lo mismo que me había pasado en la primera y en la segunda.
Pensé : ¿Tendré que iniciar una cuarta lectura? ¿Y después... una quinta? ¿Algún día voy a terminar de leer este libro? ¿O se ha tansformado en una tarea infinita?

sábado, 15 de marzo de 2008

Otro

Apenas me acomodé en la silla sentí ganas de ir al baño. Me contuve, durante un rato, mirando a los jueces por encima de mis anteojos. Eran tres : una mujer, en el medio, un hombre a su derecha y otro a su izquierda. Alguien empezó a leer a toda velocidad un gran fajo de papeles. El esfuerzo por contener las ganas de orinar me impedía seguir la lectura. Miré hacia la ventanita que estaba arriba de la cabeza del fiscal. Ya se hizo de noche, pensé. Qué pronto. Y este tipo que no para de hablar. Aunque no lo entiendo muy bien sé que habla de mi. ¿Es esto el final? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Y después? Miré a la jueza. Me hizo acordar a alguien. ¿Lucita, Lucía, cómo se llamaba? La jueza me miró y yo desvié mi vista. La voz del que leía se iba haciendo áspera, cascada. ¿Por qué no toma agua?, pensé. Como si me hubiera oído, el tipo paró y tomó unos sorbos de un vaso que tenía al lado de los papeles. ¿Fué en la secundaria o más tarde? ¿En el viaje que hicimos a San Clemente como mochileros? Lucía me miraba sonriente con sus grandes ojos azules. Me tocaba el pecho. No, en realidad me subía el cierre de la campera. ¿Hacía frío? Había llovido y los micros no podía seguir por el camino de tierra. Estábamos todos allí, en la ciudad de Dolores, haciendo mate y esperando que el camino se secara. Lucita había bajado de otro micro, con unas amigas. Se acercaron a nosotros, muchachos solos, y empezaron a charlar. Ahora tengo ganas de fumar. Y este tipo que no termina nunca de leer. Miré a la jueza. Pero ella no tiene los ojos azules pensé. Lucía si, Lucita, tenía unos hermosos ojos claros. Me miraba sonriendo, esperando que yo le dijera algo. Pero no, no pude. En aquella época era muy tímido. Meto la mano izquierda en el bolsillo y toco el paquete de cigarrillos. ¿Cuántos quedarán? Quiero salir, pensé. El tipo sigue leyendo, cada vez más rápido. ¿Y si le hubiera hablado? ¿Si le hubiera dicho qué linda que sos, o dónde vivís, o cualquier cosa? ¿Y si hubieramos seguido charlando y mirándonos y volviendo juntos a Buenos Aires?
De pronto me sentí raro. No tuve más ganas de fumar, ni de ir al baño. La voz del tipo apenas se oía. Yo no estaría acá, pensé. Yo sería otro.

viernes, 29 de febrero de 2008

Las noticias

Me senté a mirar televisión. Era la hora de las noticias. Había una mujer rubia, de ojos grandes y lindas manos, hablándome. Cambié de canal. Pero en el otro también había una mujer que me hablaba. Seguí cambiando, hasta que me convencí de que, en realidad, era siempre la misma. La mujer decía :
- En este canal le contamos todo lo que pasa. Y antes que en cualquier otro.
- No es cierto - dije yo -. Hay muchas cosas que pasan y que ustedes no cuentan.
- ¿Por ejemplo? - dijo ella.
- Por ejemplo yo - dije -. Yo estoy pasando y ustedes de eso no me cuentan nada.
- ¿Y qué es lo que usted hace? - dijo ella -. Si es algo importante o interesante le puedo mandar a alguien que lo entreviste, con una cámara.
- Yo no hago nada - dije -. Simplemente estoy pasando.
La chica me miró con sus grandes ojos. Estaba pensando algo, o tratando de recordar algo.
- Mire - dijo -. Hagamos una cosa. Déme su dirección y su teléfono y lo consulto con el gerente de programación.
- No, no, no - dije -. No se trata de eso. Ustedes me muestran el incendio que duró veinticuatro horas. O el choque de veinte autos en la autopista. Eso está muy bien. Me muestran los muertos, los heridos. Yo siento mucha lástima por esa gente. Pero ellos son otros. Yo quiero saber lo que me pasa a mi.
- ¿Probó con un psicoanalista? - dijo ella.
- Si, claro - dije yo -. ¿Y sabe como fué la cosa? Yo le contaba de mis incendios, de mis choques, de mis muertos y de mis heridos. Él me miraba y me escuchaba. Como yo estoy haciendo ahora con usted. A veces anotaba algo en una libretita.
- ¿Y le sirvió? - dijo ella.
- Si, bueno, si - dije -. Apagué el incendio, mandé el auto al chapista, enterré a los muertos y curé a los heridos.
- ¿Pero? - dijo ella.
- Pero sigo sin saber quién soy yo.
- Mire - dijo -. Ahora tengo que hacer un corte para los avisos. ¿Por qué no me mira en el noticiero de las cero horas? A lo mejor para ese momento le averiguo algo.
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martes, 26 de febrero de 2008

Los pares de opuestos


Nin fea nin fermosa
en el mundo que ves,
se puede alcanzar cosa
sinon con su revés.

Rabi Sem Tob
Palencia, España,
Siglo XIV


La casa donde vivo tiene un balcón. Un día aparecieron unos gorriones. Yo les puse unos pedazos de pan. Vinieron más gorriones. Esto me gustaba mucho. Pero claro, así como comían, los pajaritos hacían sus necesidades en el balcón. Un día y otro, hasta que quedó hecho un chiquero. Como me daba pereza limpiar la caca, dejé de ponerles pan. Ahora tengo el balcón limpio. Pero los gorriones ya no vienen.
.

viernes, 22 de febrero de 2008

Estación Dock Sud

Salí desde la nada hacia tus calles,
abiertas como brazos.

Y no miré la mugre
ni el dolor escrito en tus paredes.

Todo era comienzo :
el horizonte del río desde el puente,
el cielo de la calle Manuel Estévez,
ferrocarriles, barriletes,
una mujer desnuda que toqué con miedo,
el hombre calvo que escuchaba a Brahms
en su casa inundada.

Corrí por el potrero de carbonilla,
y visité a las tías viejas en su patio de parra.

Después,
te fuiste como un tranvía sin luces,
después tu nombre se inundó de silencio.

Golpe sobre golpe,
busqué razones entre tus glicinas,
miré hacia el fondo de tu calle más sucia :
solamente había barcos, barcos, barcos.

-

martes, 19 de febrero de 2008

Averiguación de antecedentes

Una mujer de cara oscura,
con manos de agua y de jabón,
enciende el fuego
al borde de una larga ausencia.

Tiene brazos de estibador
y ojos de mirar el mar.

El humo del carbón llena la casa,
el rostro es un nudo de silencio.

La vida es un trabajo que no termina :
un sartén hirviendo, un taller textil,
la ropa sucia en un rincón,
un pedazo de tierra escardada.

Pero ella mira el mar y sueña.

De pronto algo se inicia, el mundo se parte,
y la mujer se pone en movimiento
con sus hijos al hombro.

Después vendrán los barcos, las muertes,
el parto y la sangre repetidos.

La vida es un trabajo que no termina :
una pieza en sombras, una calle inundada,
la lluvia del domingo sobre el paso a nivel.

Pero ella mira el mar y sueña.

De vez en cuando cae de su boca
una palabra cantarina.

-

viernes, 15 de febrero de 2008

El mantel

La yerba fresca no se hincha tanto, pensó Germán. Recordó el momento de elegir el paquete más barato, en el supermercado. Lógico, pensó, es yerba vieja y seca. Con el segundo chorro de agua el mate desbordaba por todos lados. Con sumo cuidado, volcó en el cenicero un poco de yerba, empujándola con la bombilla. Esta manía de Laura de poner manteles, pensó. Total, que apenas tenía una manchita había que sacarlo, lavarlo y poner otro. Un trabajo infinito e inútil. A partir de ahora vamos a tener que mirar bien los precios, pensó. ¿Cuánto durará la guita? ¿Seis meses? ¿Un año?

- ¿Cómo están las cosas en el laburo? - gritó Laura desde la cocina, como si hubiera escuchado lo que estaba pensando. Rápidamente pensó : Plan A, no decir nada, "todo bien". Plan B, decir que las cosas estaban jodidas, pero que no se sabía qué iba a pasar. Plan C, contar todo, con todos los detalles, desde el principo al fin. Rápidamente, también, descartó el plan C. Ël sabía lo que pasaba cuando le contaba a Laura cosas de la oficina. Era como cuando caminaban juntos por la calle y ella se paraba a mirar una vidriera, olvidándose de todo lo demás. "Laura, vamos, que se hace tarde".

- Vos a Berrozpe siempre le tuviste miedo. - dijo ella, apoyando la taza de café con leche y el plato con tostadas. - ¿Le hablaste, por fin?
Germán miró el mate, que otra vez se estaba desbordando. Vieja y seca, pensó. Lo inclinó sobre el cenicero, agarrando la bombilla con la otra mano. Pero esta vez manchó el mantel.

miércoles, 13 de febrero de 2008

En el semáforo

Me agencié de un tacho de pintura vacío y del utensilio, cuyo nombre ignoro, que consta de un pedazo de esponja, una tira de goma y un mango. Hice una mezcla de agua y detergente y con todo eso me paré en El Triángulo, a la espera del momento en que se encienden las luces rojas.
Algunos se sorprendieron al verme : un hombre con el pelo más blanco que negro, la cara arrugada, que se mueve lentamente entre los autos. Los chicos, en particular, que hace rato que están haciendo eso en ese sitio, se cagaron de risa. Yo también siento que hay algo que no logro entender. Pero así son las cosas.

viernes, 1 de febrero de 2008

Agua y aceite

Arrimé el auto a los surtidores, apagué el motor y bajé.
- Hola. ¿Súper, señor?
- Si.
- ¿Agua y aceite?
- No, gracias. No hace falta.
El muchacho sacó la tapa del tanque y empezó a cargar.
- Qué lindo día, ¿no, señor? - dijo, sobre el suave rumor del líquido. - Éstos son los días que a mi más me gustan. Fríos pero con sol.
- Si. - dije mecánicamente.
Salí de mis pensamientos y miré la cara sonriente. Después miré el cielo. Un sol oblícuo, que empezaba a caer atrás de los edificios de la avenida, iluminaba el lugar. Las paredes amarillas. El rojo y negro de los aparatos y de los unifomes. Los árboles desnudos.
- A mi también me gustan los días así. - dije.
- Si, porque si está nublado todo se pone triste, señor. Si hace frío... bueno, uno se abriga y chau. Pero si está nublado... ¿Veinte me dijo?
- Diez.
- ¿Le miro el agua y el aceite, señor? - insistió sonriendo.
Con el billete en una mano, busqué con la otra una moneda.
- Mejor revisá la gomas.
Guardó el billete en una especie de libretita de cuero y me señaló hacia el fondo, donde colgaba la manguera de aire.
- Son estas cubiertas sin cámara que siempre pierden un poco, señor.
Estaba agachado frente a la primera rueda. El sol oblícuo había calentado ese rincón sobre la calle lateral, detrás de las oficinas y los surtidores.
En ese momento, saliendo a toda velocidad del tránsito, apareció un hombre sobre una moto. Se puso muy cerca del muchacho, como si fuera a esperar el aire. El muchacho, todavía en cuclillas, levantaba de tanto en tanto la cabeza hacia el visor digital. El hombre no había apagado el motor de la moto, que retumbaba sobre las paredes. Metió la mano derecha en la campera y, sin sacarla, gritó :
- Quedáte quieto y dame la guita, o te quemo.
Durante un momento todo se detuvo. El hombre estaba asustado. El motor de la moto seguía atronando el lugar. El muchacho se incorporó, lentamente, con la manguera de aire en la mano. Parecía que apuntaba al hombre. El hombre sacó la mano con el revólver y disparó. Después giró la moto y se perdió a toda velocidad en el tránsito.

Me incliné sobre el muchacho caído en los baldosones de cemento. Un hilo de sangre bajaba por la pendiente hasta la calle. Todavía respiraba.
- Me voy a morir, señor. - dijo - Qué lástima, porque iba a ser un lindo día.

domingo, 27 de enero de 2008

El almuerzo de los gorriones

Después de un rato de caer la llovizna, empezó la lluvia y empapó el asfalto, las baldosas rotas, las ventanas cerradas. Detrás del vidrio, yo miro el agua, el mediodía gris. Qué domingo raro, pienso. Casi como en los años en que trabajaba : después de seis días de tensión, el domingo era como sumergirse en agua tibia, aflojarse más, un poco más.
No es que ahora me sienta mal de estar solo y desocupado. Los días son largos, es verdad, pero sólo hasta que terminan. Cuando me siento en la cama, a la noche, y me saco las zapatillas para acostarme, pienso, cada vez : qué rápido se pasó el día.
A veces miro las ventanas del edificio de enfrente. Allí vive una mujer de más o menos mi edad. La observo cuando se mueve con lentitud entre los muebles, cuando enciende la tele, cuando sale al balcón. Ella también está sola, pienso. Pero qué diferente. El balcón está lleno de macetas con plantas. Ella las riega todos los días, con una jarrita de plástico. También la veo barrer, limpiar los vidrios. En el verano, cuando el sol del oeste da con fuerza, ella sale y baja un toldo verde, con rayas blancas, haciendo girar una manija larga que cuelga del techo. Cuando el sol se va, sale otra vez y levanta el toldo. Entonces se ve que la tele ya está encendida, adentro. Qué diferencia, vuelvo a pensar. Ella está como en el centro de su sistema planetario, en un punto de quietud y de paz. Todas las cosas giran a su alrededor. Yo, en cambio, me siento como perdido en el espacio, como girando alrededor de no se qué. O yendo siempre para adelante, sin rumbo.
Apenas amaina la lluvia, los gorriones vuelven a la reja del balcón. Miran para todos lados, con inquietud y temor. De golpe uno se arroja sobre los pedazos de pan mojado. Después baja otro. Y otro. Se asustan entre ellos. Pican un poco los panes y de golpe, otra vez, levantan vuelo y desaparecen.

viernes, 25 de enero de 2008

Ocre

"Ocre y abierto en huellas, el camino
separa opacamente los sembrados.
Lejos, la margarita de un molino."



Lejano Baldomero
de chambergo y tristeza,
ubicado en lo justo
del dolor, del asfalto.
Viniste a atestiguar
el árbol, la nostalgia
de un mundo más rosal,
más abierto.
Tus lágrimas,
cien veces digeridas,
hoy nos mojan las manos.

domingo, 13 de enero de 2008

Había gente caminando

- ¿Y a vos que te pasó? - preguntó ella.
Le conté mi historia. Aunque, en realidad, le describí algunas partes de un rompecabezas que, algún día, juntas, podrían llegar a tener sentido. Yo estaba muy emocionado. A ratos, ella sacaba un pañuelo y se limpiaba la nariz con suavidad. Después encendía un cigarrillo.
Por fin quedé en silencio. Mirábamos hacia el parque, a través del parabrisas. Ella tosió un poquito.
- Hay cosas que no entiendo - dijo.
- Si - dije yo - hay muchas cosas que todavía no entiendo.
- No, me refiero en general - dijo ella - ¿Por qué uno hace las cosas que hace?
Yo también encendí un cigarrillo. Bajé la ventanilla de mi lado, el del acompañante.
- Yo, por ejemplo - continuó ella - estuve casada treinta años con un desconocido. ¿Te imaginás? Levantarse a la mañana, desayunar, ir cada uno a su trabajo. Criar los hijos. Armar una casa, día por día, detalle por detalle. A la noche nos juntábamos, a cenar y a mirar un poco la tele. Después nos íbamos a la cama, y a veces hacíamos el amor. Y luego otra vez a levantarse, etc. Así, durante treinta años. Y todo con un perfecto desconocido.
Pronunció la erre de una manera cantarina y la ce de un modo seco y cortante. Perfecto.
Miré hacia el parque. Había gente caminando. Daban vueltas.
Ella encendió la radio. Sonaba un viejo tango.
- Ahora estoy aprendiendo a bailar - dijo - Me gusta mucho.

jueves, 10 de enero de 2008

Me perdí

En los alrrededores de Plaza Irlanda. Por la calle Neuquén, creo. Soy de altura mediana, el pelo casi completamente blanco, salvo algunos mechones oscuros. En ese momento tenía puesto un saquito azul y un collar negro. Soy muy cariñoso con los chicos y a ellos les encanta jugar conmigo. No sé en qué estaba pensando cuando me perdí. En algún país lejano, tal vez. En cómo cambió todo desde que era cachorro. Yo sabía donde estaba cada cosa. Tenía una especie de mapa en mi pequeña cabeza. Y el mundo parecía ser como indicaba ese mapa. Ahora no. Ahora estoy perdido. Generalmente estoy contento y respondo al nombre de Pocho. Si alguno me ve y me reconoce, por favor llame al teléfono consignado más abajo. Hay recompensa.

lunes, 7 de enero de 2008

Se detuvo un taxi

Estoy sentado dentro del auto, con el motor en marcha. Habiendo llegado la hora convenida, voy a guardarlo otra vez en el estacionamiento, que estuvo cerrado por unas horas durante el feriado. El primer día del año está terminando. En la vereda de enfrente se enciende un farol, a medias escondido entre las hojas de los árboles. A medida que el día declina, las luces del farol se hacen más y más brillantes. A mi izquierda, un poco más adelante, se detiene un taxi. Tiene encendidas las luces de posición y las balizas. Se baja el conductor, un hombre alto y robusto. Mirando hacia el interior del coche, señala una puerta. Luego sube a la vereda, se acerca a la puerta y toca el timbre. Desde la pared hasta el cordón de la vereda hay un toldito rojo con letras blancas. Las letras dicen : "Residencia para mayores". El conductor vuelve hacia el auto, abre la puerta del pasajero y mete las manos, para ayudar a alguien a bajar. Una mujer delgada y alta, con todo el pelo blanco, baja y empieza a caminar con dificultad. El conductor la sostiene suavemente por el brazo. Se abre la puerta de la casa y sale un hombre calvo y sonriente, el dueño. Extiende sus brazos para saludar y recibir a la anciana. La mujer sonríe, también, desde atras de los grandes anteojos. El hombre alto y robusto sube al taxi, arranca y se va. La mujer y el dueño entran. La puerta se cierra. Las fiestas y el año terminaron. Un año pasó y otro comienza.
Me quedé pensando... ¿Cómo se llamará la mujer?... ¿Matilde? ¿Lucía? ¿Elvira? ¿Margarita?